Ciérralo todo

Éramos vida, y él estaba asustado. Veía cómo poco a poco íbamos despojándonos de las capas que no nos permitían ser quienes éramos, y tenía miedo. No nos podía controlar, de forma que se escondía, nos observaba de entre las sombras, esperaba. Aguardaba como león hambriento una mínima señal que le confirmase que podía entrar en nuestras vidas, un mínimo indicio de desprotección suficiente para acecharnos. Por eso lo mejor es cerrar todas las puertas. Ciérralo todo y no permitas que nos encuentre.

Con una rama pulida

Había huido todo lo posible. Lo tenía todo bajo control, o eso pensaba yo. Cerré la puerta de madera maciza sigilosamente. Apoyé mi espalda contra la puerta, y mis manos detrás de ella. Un camino rojizo emanaba del corte que aquella rama había conformado en mi frente. Suspiré, viendo cómo mi aliento despedía unas gotas diminutas hacia aquel ambiente espeso de neblina. Sólo oía el fuerte sonido de mi respiración, que poco a poco se convertía en un aire calmado. Me senté en el suelo, apoyando la cabeza en una columna dorada que ascendía hasta una cúpula de su mismo color que permanecía sobre mi cabeza. Escuché un pequeño chasquido, y una corriente de aire me heló los huesos de repente. Intenté mantener la respiración, pero verlo andando lentamente, descalzo, con ese camisón negro y raído, hizo que se me acelerasen las pulsaciones. Intenté desaparecer por una estrecha escalera que había escondida tras un largo telón, pero él me cogió por la mano antes de que pudiera notar indicio alguno de mis intenciones. Clavó en mi cuello aquella rama que me había marcado la cabeza unos minutos antes, y yo cerré fuertemente los ojos, gimiendo. Sin embargo, de pronto noté cómo aquella mano gélida me soltaba y, con la otra, me cedía la rama que había pulido con sus largas uñas. Me cogió de la barbilla riéndose maliciosamente hacia adentro y me enseñó a coger aquel brote marrón y a utilizarlo. Cuando terminó, me dio un beso helado en la mejilla y se fue deslizándose como una serpiente sobre la nada, lentamente. Me temblaban las rodillas, y noté cómo poco a poco iba congelándose todo mi cuerpo.

Flores oscuras

Permanecía inmóvil en el césped. Los ojos estaban abiertos, pero no había ningún indicio en su cuerpo de que siguiera con vida. Seguía lloviendo. El agua fue adentrándose poco a poco en sus ropas hasta empaparlas por completo. La hierba empezó a alargarse y a trepar por el torso hasta atraparla totalmente. Los pequeños filamentos de aquella naturaleza mostraban más resistencia que nunca. Fue cerrando lentamente los ojos, y el cielo se transformó en un negro impenetrable. Silencio. El único sonido distinguido era el de la lluvia cayendo con fuerza.

El suelo fue ahogándola en su interior. Un grito se oyó desde la distancia, un grito desgarrador que retumbó en todos los rincones de aquel parque. Fue lo suficientemente intenso como para que los ojos de aquella pobre mujer se abrieran de par en par, haciéndola resurgir de la profundidad en la que estaba sumida. Sus pupilas fueron ganando la batalla a ese color amarillo que relucía con la simple llegada de un pequeño resquicio de sol. Pasaron el límite y se inmiscuyeron en la zona prohibida, en aquel lugar en el que sólo domina la blanca esclera. Revivió en una mirada lúgubre, en una mirada en la que un simple reflejo descifraba los más sombríos secretos. Una risa brotó del fondo de la tierra y, con la misma delicadeza con la que se trata a una pompa de jabón que no quiere ser destruida, aquel barro escabroso decorado con verde la absorbió cerrando aquella hendidura con flores oscuras a su paso.

Colorido

Sigilosamente se acercó a su oído y le susurró una espiral de sentimientos: unos verdes, algunos rosas y otros amarillos. Se apartó para ver la nueva obra de arte y, en lugar de aquel antiguo rostro, encontró un cielo maravilloso después de la lluvia.

Aquel hombre oscuro

Se llevaron todo cuanto tenía el hombre. Sin embargo, él no se inmutó ni un sólo momento. Aquel hombre oscuro sólo se sentó en la silla. Le bombardearon preguntas y más preguntas, flashes de cámaras, juicios. Algunos reían. Otros señalaban con el dedo, sin darse cuenta de que el resto de la mano apuntaba hacia ellos mismos. El hombre tragó saliva. Una mujer, sencilla, se acercó a limpiarle la baba que le caía por la barba. Llamó a dos de sus vecinas y procedieron a revivir a aquel hombre. Le cortaron el pelo. Lo lavaron. Le pusieron ropa limpia. La gente que había alrededor apagó sus cámaras y se fue. En la calle sólo quedaban unos pocos. El hombre había cambiado. Todo lo que antes era ya no existía. Su vida había dado un giro completo. Con las piernas torcidas y las rodillas juntas y las manos entre los muslos, seguía mirando hacia el suelo. Las mujeres fueron a hacer las tareas de casa y él, tan pronto como pudo, cerró los ojos y los limpió con agua dulce.

Praga bonita

Todas tenían algo que las hacía especiales. Un balcón pequeño, unas flores en el tejado, unas ventanas de madera. Todas tenían algo. Las paredes eran de diferentes colores. Las panaderías desprendían ese olor tan agradable a pan recién hecho. La gente paseaba sin rumbo, disfrutando de cada rincón de la ciudad. Los músicos mostraban su arte en cada una de ellas. Los jóvenes danzaban exultantes en las plazas con guitarras y tambores.

Todas ellas hacían a Praga bonita, y es que, sin sus calles, no sería la misma.

Un tiempo nuevo

No reconocía nada, todo le parecía nuevo. Tenía miedo, pero sabía que si no daba ese gran paso no avanzaría nunca.

Se dedicó a observar, a averiguar las intenciones del resto. Permanecía sentada y, sus ojos, vigilantes. Nada parecía agobiarla, de forma que bajó la guardia. Se sentía extraña, pero al mismo tiempo iba adquiriendo seguridad. Sólo deseaba no dejar de seguir creciendo.